martes 16 de junio de 2009

Paradojas religiosas



Entre 1610 y 1611, el geógrafo portugués Juan Bautista Labaña recorrió el Reino de Aragón por encargo del rey para realizar un mapa del reino. El portugués recorrió caminos y veredas, ascendiendo a las montañas y descendiendo a los valles para retratar fielmente lo que veía. Su natural observador hizo que tomase notas de todo lo recorrido y todo lo que le chocó.

Una de sus observaciones apunta la curiosa historia de la milagrosa virgen de Tobed. Relata Labaña cómo la virgen y el niño, imágenes de mármol blanco, sudaron durante treinta horas seguidas en el año en que se bautizaron los moros, 1526. Todo el sudor recogido se guardó en una redoma que se conservó desde entonces sin merma alguna en su contenido hasta el mismo día en que se publicó el decreto de expulsión de los moriscos, en 1609, cuando inexplicablemente comenzó a evaporarse el contenido del sagrado frasquito. Labaña asevera que la redoma quedó vacía el mismo día en que salieron los últimos mudéjares de Aragón, los del cercano pueblo de Almonacid de la Sierra, que lo hicieron en 1610. "En este día la redoma quedó vacía del sagrado licor, y siendo anteriormente muy clara, quedó toda apanada, como ahora se puede ver".

¿Qué sucedió para que la imagen sagrada de Tobed manifestase así su disgusto por la expulsión? ¿O quizá es que sudaba por el penar de tener al infiel dentro de la casa cristiana? Quién sabe. Yo, por si acaso les interesa, les cuento esta historia cuando van a cumplirse 400 años de tamaña barbaridad que dejó vacíos muchos lugares, sin los habitantes que cuidaban, cultivaban y aportaban sus tradiciones y cultura. Para reconciliarnos con ellos y sus obras, no está de más acudir a ver la magnífica obra mudéjar de la iglesia de la Virgen de Tobed.

viernes 5 de junio de 2009

Milagro




La primavera ha vuelto a obrar su milagro. Tras varios días de crecimiento, esta mañana me han regalado con la efímera presencia de su floración. Mañana las flores se habrán marchitado; solo unas horas de disfrute que puedo compartir con vosotros e inmortalizar mediante estas fotos.
Ante este milagro de la naturaleza, sobran las palabras. ¿Quién se acuerda de los pinchazos de las largas púas cada vez que limpio mis cactus de malas hierbas? Disfruten de la magia.

viernes 22 de mayo de 2009

Contradanza













Cada 19 de mayo, la primavera trae a la noche de Cetina, en la raya fronteriza de Aragón con la meseta castellana, un espectáculo sobrecogedor. La noche se ilumina de hachas encendidas y de danzas ancestrales al ritmo de un soniquete hipnótico. Es la Contradanza, un baile antiguo, que seguro que nació como danza pagana plagada de simbologías y magia y que fue adoptada, como otras tantas tradiciones, por la iglesia convirtiéndola en una loa a San Juan Lorenzo, santo local a quien va dedicada.

Les dejo unas fotos como aperitivo que seguro que les pondrá los dientes largos y buscarán un hueco en sus apretadas agendas para venir el próximo año a Cetina, a su recoleta plaza, bajo los muros del castillo en el que se casó don Francisco de Quevedo, para dejarse empapar de la magia de la Contradanza.

jueves 14 de mayo de 2009

Juegos de niños

En los remotos tiempos de mi infancia, cuando la tecnología se limitaba a la radio y la tele en blanco y negro, los niños de pueblo nos divertíamos como podíamos. Lo más parecido a un palacio de hielo era esbarizarse por los charcos helados en invierno. Lo más aproximado a la semana blanca, en la que nuestros hijos suben a aprender a esquiar, era tirarse por un ribazo herboso al que denominábamos el esbarizaculos. Lo más interesante del National Geografic Chanel era contemplar un erizo que habíamos sacado de la acequia cuando se hacía un ovillo de púas para evitar el ataque de unos fieros niños con palos.
Eran tiempos de penicilina inyectada y pantalón corto. Tiempos en los que la calle era el lugar de juegos infantiles. Aún viene a mi memoria la secuencia de gritos que las diferentes épocas del año nos traían:
-¡Tres navíos en el mar!
-¡Y otros tres en busca van!
Recuerdo nítidamente las rodillas encallecidas de arrastrarse por el suelo jugando a las chapas o los pitones (que es como nosotros conocíamos a lo que el común llama canicas). Las batallas de espadas hechas con las tablas que desechaban en la serradora; nuestro trepar por los troncos amontonados esperando a convertirse en cajas para la fruta.
Era nuestra vida, cuando no existían las actividades extraescolares -si exceptuamos el repaso al que llevaban a los alumnos menos aventajados- cuando la calle era la prolongación de la casa y no existía más peligro que caerse a la acequia -a mí me paso y aún me recuerdo empapado llegando a casa- o llegar con alguna cuquera fruto de una pedrada en la cabeza.
Hoy, cuando veo a mi hijo tumbado en el sofá con su PSP, me vienen a la cabeza estos recuerdos. Poco después, lo veo que escapa a la plaza a jugar al pelotón y pienso que aún queda un resquicio de esperanza.

viernes 8 de mayo de 2009

R.I.P.

Mi madre murió de repente. Contaba 52 años y esperaba a su primer nieto que iba a nacer en apenas unos días. Se trasladó a Ginebra (Suiza) a cuidar de su hermano aquejado de un infarto cerebral y falleció ella primero de una dolencia similar. Quizá fueron demasiadas emociones juntas. Quién sabe. Cuatro días más tarde de morir mi madre, lo hizo mi tío y cinco días más tarde de perder a mi progenitora, nació mi primer sobrino. Han pasado 29 años, pero no puedo olvidar la vorágine de esos días -yo tenía 15 años y las emociones fueron muchas-.
Mi padre acaba de fallecer esta semana. Tenía 83 años y un corazón débil que apenas daba de sí para que el resto de sus órganos funcionara correctamente. Mi padre nunca superó la pérdida de su esposa. Aún así, fue capaz de continuar trabajando para sacar adelante a su familia, de mantenerse en pie cuando el cuerpo quizá le pedía dejarse caer. En los últimos tres meses, mi padre se convirtió en mi hijo. "Sí, papá", solía decirme cuando le reprendía por cualquier cosa.
Mi hijo me ha visto cuidar de mi padre, hablarle de mi madre con respeto; ve cada día a su abuela materna convivir en casa. Mi hijo ha aprendido una lección importante en su vida. No sé si servirá para que, llegado el momento en que yo me convierta en su hijo, actúe de una determinada manera, pero quiero pensar que así será.
Yo moriré algún día, no sé si con 52, con 83 o con quién sabe cuántos años. Lo que sí sé es que me gustaría irme en paz, sintiéndome parte de los míos, pensando que cuando falte alguien mantendrá un pequeño recuerdo en lo más hondo de su ser. Como lo mantengo yo de esos instantes de hace 29 años; como lo seguiré manteniendo de los vividos en estos últimos meses.

viernes 17 de abril de 2009

Mascotas

Hay a quien le gusta tener mascotas. A mí siempre me ha gustado compartir mi mundo con los animales pero de un modo diferente. No concibo una jaula o una correa para sujetar las ansias de libertad de una mascota. Es por ello que cuando vivía en mi pequeño piso y una pareja de aviones comunes ancló su casa de barro sobre el alfeizar de mi ventana me alegré sobremanera. Cada día, mientras trabajaba, veía a tan acrobáticas aves salir y entrar en vuelo rasante tras la intimidad de mi mosquitera.

Al mudarme a mi nueva casa, en la que dispongo de un pequeño jardín, los pájaros campan a sus anchas entre las ramas de los árboles. En los últimos tiempos me he acostumbrado a echarles de comer: unas miguitas de pan, un poco de alpiste... Ellos, agradecidos, vienen hasta la terraza y devoran su ración dejándose a cambio fotografiar confiados.



Mi sorpresa de los últimos días ha sido que una pareja ha vuelto a establecer su morada en mis dominios. Se trata de una pareja de carduelis cannabina o pardillo común, una pequeña ave de la familia de las cardelinas o jilgueros. Según dicen las crónicas, acostumbra a construir su nido en matorrales, cosido a sus ramas. En mi casa, a falta de matorral, han edificado su adosado entre las ramas de un Cupressus macrocarpa o goldcrest.

El nidito, primorosamente tejido, en el que uno puede sentir el calor de esa madre soportando cierzos y lluvias mientras protege a sus retoños, albergaba cuatro pequeños huevos. Cada vez que bajo a visitarlos, la madre vuela hasta un árbol cercano y me observa mientras yo hago lo propio con su familia. Voy con miedo, temiendo que asustada los abandone, pero no puedo resistirme a visitar a mis nuevos vecinos.

Un día, en mi rutinaria visita, descubrí cómo los huevos se habían convertido en un amasijo de plumón. El milagro se consumó y he esperado unos días antes de fotografiarlos, cuando los pollos ya muestran sus picos color carmín y los abren en una competición frenética por llamar la atención.

Mientras trabajo en mi buhardilla, la vista se me va de cuando en cuando hacia abajo, y observo los vuelos de la pareja, y los imagino trayendo granitos de semilla, regurgitando papilla de su buche en las boquitas hambrientas, soñando con el momento en el que echen a volar. Y veo las cabriolas de estos y otros pájaros que tienen a bien regalarme con su presencia en mi casa. Sed bienvenidos. Aquí encontraréis cobijo y amistad de quien aprecia vuestra compañía. Solo os pediré paciencia cuando me veáis invadir vuestra intimidad en pos de una foto; es mi curiosidad innata que me empuja.

sábado 7 de marzo de 2009

Historias de la tele

Cuando yo era pequeño, en mi casa había una tele en blanco y negro. Telefunken, creo recordar. No todas las casas del pueblo tenían tal lujo; bien al contrario, éramos unos privilegiados por tener un padre que entre otras cosas se dedicaba a instalar y arreglar televisores. Así, era frcuente que cada vez que había partidos de fútbol, corridas de toros u otros acontecimientos televisivos, el comedor de casa se llenase de vecinos y parientes que venían a verla.
Unos primos hermanos de mi padre, gentes de campo llenas de buena fe, venían cada noche a ver la teleserie o la película de turno. Mi padre no cesó ni una sola vez de gastarles la misma broma, con la que siempre picaban. Llegado el primer intermedio, mi padre decía:
-Bueno, ya se ha acabado.
Acto seguido, mi tía decía a su marido.
-Vámonos, Esteban.
Creo que no dejó de picar una sola vez.
Pasaron los años y comenzaron a salir las primeras teles en color. Mi padre nos contentaba convirtiéndo nuestra tele en una de color con el simple aditamento de un papel de celofán. Así teníamos tele en color que cambiaba de color a nuestro antojo.

lunes 2 de marzo de 2009

Los enemigos

Hace muchos siglos, cuando los hombres contaban los días por el paso de las estaciones, en un pueblo perdido entre las montañas surgió un conflicto que amenazó con socavar los cimientos de la convivencia pacífica que hasta entonces habían llevado. Dos vecinos, hasta entonces buenos compañeros y amigos, comenzaron a tejer la red de la enemistad por tonterías que fueron agrandándose según crecía el odio.
L tenía en su huerto un hermoso granado cuyas ramas pasaban la tapia de su vecino J. Hasta entonces, L y J compartían los frutos y convivían en paz. Pero el demonio de la envidia comenzó a habitar en sus mentes y hurgaba día tras día en sus espíritus haciéndoles flaquear.
L pensaba que no debía de consentir que su vecino comiese granadas de un árbol que sólo él regaba y abonaba; J maldecía a su antiguo amigo porque las ramas de su granado tapaban el sol a su huerto. Ambos acudieron al jefe de la aldea para dirimir su conflicto, como era costumbre en esas remotas tierras. No sin dificultad, el jefe comprendió la causa del dilema y propuso su solución:
-Os encerraréis ambos en la cárcel del pueblo hasta que hayáis resuelto pacíficamente vuestra riña -sentenció.
Ambos se opusieron y quejaron, pues no veían el modo de solucionar su problema por muy juntos que estuvieran en su encierro. Pero la ley es la ley y ambos fueron derechos al calabozo. Horas después, cuando aún no se habían dirigido más que miradas de reproche, el carcelero entró con la comida, una escudilla de caldo y verduras cocinadas con grasa de cerdo.
Cuando salió el carcelero, ambos miraron su comida y se cruzaron una mirada atónita; el carcelero sólo había dejado una escudilla y una sola cuchara. En vano llamaron para que remediara tal desatino.
A la hora de la cena, cuando el carcelero llegó con otra escudilla de arroz y una sola cuchara, los enemigos comprendieron que sólo colaborando lograrían comer. Dos días más tarde, los vecinos salieron del cautiverío convertidos en los mejores amigos y haciendo planes para hacer licor con las granadas que recogieran en la próxima cosecha.

jueves 26 de febrero de 2009

Historias de la radio


Mi padre era hijo de agricultor. Cada mañana, mientras mi abuelo se dirigía a los campos arrendados de la Horchaza, Carcenique o El Portijuelo con los machos aparejados, mi padre se le adelantaba con su bicicleta. Allí, en los pocos ratos libres que tenían mientras regaban, a la hora de comer o del almuerzo, mi padre se sacó la titulación de técnico de radio. Mi abuelo le decía que se iba a volver loco, pero la mente inquieta de mi padre no paraba.

-Padre -le decía- algún día llevaremos la radio en la mula.

-Tú te vas a volver modorro de tanto estudiar, aseveraba mi abuelo.

Y así pasaron los tiempos hasta que mi padre tuvo el título y comenzó a montar aparatos de radio cuyas tripas estaban llenas de lámparas, resistencias y demás ingenios. Claro, la casa de mi padre, aunque humilde, fue de las primeras en poseer el preciado aparato que unía Sabiñán con el mundo.

Una tarde, mientras España se jugaba el honor con no sé qué selección extranjera, los habitantes de Sabiñán estaban en ascuas. Todos querían saber cómo quedaba la selección, así que a la hora del partido, la casa de mi padre fue llenándose de gentes que querían oír en la radio la retransmisión. La casa, humilde, no daba para tanto, así que el gentío se congregó afuera, en la parte de atrás, en una especie de patio de vecindad que denominamos "el Corralín".

Sin haber vivido la escena, puedo imaginarla a la perfección: el cuarto de mi padre lleno a rebosar, alguno en la ventana que daba al Coralín repitiendo las incidencias del encuentro:

-¡Han hecho falta a Zarra!

-¡Goool de España!

El Corralín repleto de gente con la ilusión en el rostro y la alegría colectiva. Eran otros tiempos, pero puedo imaginar el sentimiento de esas gentes.

Hoy, en la era de Internet, cuando las comunicaciones resultan imprescindibles, resulta grato explorar cómo vivíamos hace apenas unas décadas.

miércoles 25 de febrero de 2009

Amor de madre

Mi padre se encuentra enfermo y muy mayor. Su locuacidad, unida a las horas de hospital, me han dotado de un anecdotario que ha conseguido remover los posos de mis recuerdos y de las viejas historias que ya le oí contar hace años.

Una de esas es la del grupo de segadores de Paracuellos de la Ribera y Sabiñán que iban a la ribera del Ebro a ganarse el jornal con la siega. Uno de los de la partida, natural de Paracuellos, viajaba con su perrica preñada. No sé cómo era la perrica, pero la imagino menuda, de raza desconocida, cariñosa, zalamera y firme a la vez.

El caso es que en el viaje de regreso hacia sus pueblos, al pasar por el alto de La Muela, la perrica parió su camada. Siete pequeños perros hambrientos a los que lamía sin cesar mientras mamaban. Los segadores prosiguieron su camino dejando al animal allí.

Cuenta la historia que el animal, una vez recuperado del parto, realizó siete viajes entre La Muela y Paracuellos, uno con cada uno de los perricos en la boca. Tengan en cuenta que entre ambas poblaciones habrá unos 70 km de distancia y un sube y baja de montes.

La historia, trágica como todas las buenas historias, termina con el último viaje de la perrica -de la que no sabemos el nombre- con el último de sus cachorros en el hocico. Dicen que cuando llegó a Paracuellos y depositó a su cachorro con sus hermanos, el animal expiró exhausto.

sábado 7 de febrero de 2009

Crepúsculo




En la hora del crepúsculo, los pajarracos revolotean en bandadas enormes, variando su rumbo al albur de no se sabe qué. ¿Quién capitanea esas hordas de aves? ¿Cuándo saben que hay que girar y hacia adónde? Es un misterio. Pese a todo, me gusta contemplarlos cada tarde, cuando el sol se deja caer y la luz se torna extraña. El frío se hace más intenso o al menos a mí me lo parece. Sin embargo, yo los contemplo tras el vidrio protector, al calor de la calefacción. Ellos, ajenos a los humanos que los observan absortos, giran y regiran en una ceremonia iniciática. Parece que buscan un cálido lugar, en los árboles de dentro de pueblos y ciudades, allí donde el termómetro no desciende tanto como en el campo. El sol ya se ha desvanecido por completo y ellos dejan de pasar. Quizá ya han encontrado ese pino en el que pasarán la noche. Y mañana, cuando llegue la hora del crepúsculo, volverán de nuevo a su danza. Y yo los buscaré tras el cristal, interrumpiendo por un instante mis tareas para verlos devenir en el cielo. Y los saludaré susurrando un buenas noches que no oirán. Hasta mañana.

martes 30 de diciembre de 2008

Año nuevo, cámara nueva



Estimados todos:

Sirva la presente para hacerles partícipes de las primeras imágenes tomadas con mi nueva cámara, que la otra se me había quedado viejica viejica, y hasta su faz aparecía manchada de marcas indelebles de polvo en su captador, cual viruela.

Estas son unas simples y primeras pruebas invernales de mi entorno más inmediato. Las he pasado a blanco y negro pues hace tiempo que no tiraba así y me apetecía. Observen lo peladico que está todo, que los hielos están castigando de lo lindo. Pero qué más da, en pocos días comenzará a rebrotar todo. En febrero, los árboles comenzarán a sentir cómo la savia fluye de nuevo por sus troncos y aparecerán las primeras flores. Almendros primero; cerezos y melocotoneros más tarde; para finalizar con la explosión de los perales y manzanos. Un panorama que prometo traerles, esta vez a todo color.

Mientras tanto, desearles una buena entrada de año y a mi amigo Arkab un extraordinario vino que le llegó a mi santa en uno de esos escasos regalos navideños que han caído por mi casa: el vino se llama Summa varietalis, y es de la bodega del Marqués de Griñón. Bueno, aunque no sé cuanta pastizara costará.

Salud.

viernes 19 de diciembre de 2008

Navidad


Ante las reiteradas peticiones del público asistente, pese a la larga temporada de inactividad bloguera que uno tiene en estos meses, en los que no ha podido deleitarles con entradas nuevas y reflexiones varias -menos mal que nos queda Harry Sonfór y su cambio radical- paso a dedicarles una bonita entrada navideña.


Felices todos y todas, vivan los fastos de navidad, los moñacos de nieve y los Reyes Magos, el belén que he puesto con mi hijo y todos los tópicos de estas fechas.

domingo 2 de noviembre de 2008

Día de difuntos






Cementerio de Zaragoza y camposanto de Laruns (Francia) .



Hoy es el día de los difuntos y yo estoy escribiendo en casa delante del ordenador mientras afuera llueve a mares. Cuando era pequeño, recuerdo el día de los santos y la noche anterior. En la cocina de casa siempre quedaba una vela encendida iluminando la casa. Temblorosa, cuando te acercabas a la cocina sentías un no sé qué telúrico que a los niños nos impresionaba. No recuerdo, pero imagino una noche de difuntos con una lluvia como la que ahora cae, golpeando la ventana empujada por el viento.
El día de los santos había que ir al cementerio -o camposanto, que es un nombre bien bonito- para honrar a los muertos. Mi recuerdo infantil eran las bolas de cera que engordábamos quitando los pegotes que escurrían de esas velas y velones con las que se iluminaba la luz de los muertos.
Hoy, la fecha de los difuntos solo se ve como un día de fiesta más, el día en que abren los grandes almacenes y vamos a comprar -quién dijo crisis- aunque no necesitemos nada. Y yo me pregunto, ¿qué imagen guardará mi hijo del día de difuntos y de los propios muertos si su experiencia con ellos ha sido ir de compras?

miércoles 29 de octubre de 2008

Cabeza de dragón


Estimado Arkab:

Sirva la presente para hacerle saber que solo usted es capaz de hacerme salir a la primera de mi autismo internetero. Una sola palabra suya y ¡zas! Nianankoro publica de nuevo. Harry se va a poner celoso, pues él no es capaz de menear mi espíritu ni de turbar mi conciencia. Eso lo tiene reservado usted. Quizá sea por su generosidad cuando habla de mis virtudes como recomendador de vinos. Quién sabe. Sea como fuere, aquí le dejo una pincelada de uno de los trabajos que me tiene en vilo y no me deja dedicarle más tiempo al blog y a mantenerles convenientemente ilustrados de fotos y vinos. Se trata de un libro que verá la luz en breves en el que retrato mi comarca, Valdejalón, desde el aire. Las fotos van aderezadas con unos breves textos del estilo del que le adjunto debajo.

Espero que le guste. Suyo atentísimo,

Nianankoro.


Villanueva de Jalón, vista general
El espolón rocoso en el que se asienta la población de Villanueva de Jalón semeja la cabeza de un gran saurio, un dragón o quizá un dinosaurio. El relieve de su cara se hace más abrupto hacia el imaginario lomo de su izquierda, encrespándose a partir del castillo en un espinazo puntiagudo que uno imagina erizado hasta la cola. El dragón tuesta sus escamas al sol del atardecer, posada su cabeza junto al cauce del río Jalón, dibujada por el meandro que traza en su discurrir aguas abajo, rompiendo la verticalidad de la Cordillera Ibérica. El pueblo, deshabitado desde que el progreso viniera en coche a la puerta de cada casa, se encaramó en lo alto en busca de la protección de su inexpugnable castillo, hoy sólo una caricatura, que se desmorona en lo alto. Mientras, por las entrañas de la bestia corre el ferrocarril y ese AVE que más que correr, vuela. Sólo la luz del atardecer suaviza la dureza de esos edificios esqueléticos, mostrando sus entrañas a la intemperie; sólo la memoria de quienes nacieron aquí mantiene alejado al olvido, más corrosivo aún que el viento y la lluvia.

miércoles 6 de agosto de 2008

Palabrerío

Siguiendo con la sección Expo -sí, ya sé que estoy un poco dejado y apenas entran nuevos asuntos, pero ya ven que no les abandono- aquí viene mi segunda aportación Expozaragozánica2008. La he titulado palabrerío y resume a la perfección mi experiencia Expo hasta la fecha. Como decimos en mi tierra de los de Maluenda, mucho mantel y poca merienda.
Y es que, vistos ya unos cuantos pabellones, incluidos los básicos y principales, me quedo con el continente, no con el contenido. Les cuento: tengo la sensación de que me venden algo que no quiero comprar y me lo ofertan con una sobredosis de palabrerío que nadie lee, escucha o ve. Eso sí, la mayoría lo visten muy bonito, con videos espectaculares proyectados en megapantallas de plasma, con mil artilugios con lucecicas, con hermosas y hermosos azafatas y azafatos, con pingos varios para regalar al sufrido visitante. Pero, plaf. De repente todo desaparece tras una cortina de humo -o debiera decir agua- y se nos ven las vergüenzas.

No todo es negativo, válgame dios, que también hay quien con imaginación ha hecho coas dignas; les pongo ejemplos de lo visto hasta ahora:

Argelia.- la proyección que hacen en una especie de teatro virtual consigue transportarte al desierto incluso con el aroma a té a la menta.

Dinamarca.- Bajo unos tubicos a los que hay que agacharse para entrar, han dispuesto cosas simbólicas como un bloque en pleno deshielo.

Mauritania.- han recreado un poblado en el que te sientes transportado.

Indonesia.- su colección de botijos -sí, eso tan español como el botijo lo usaban ya en lugares lejanos- merece la pena verla. Por cierto, el botijico que les pongo de ejemplo me recuerda insistentemente los que hacen por mi tierra en forma de guardiacivil, con su tricornio y todo, y con el pitorro bien erecto.
Marruecos.- Sencillez expositiva e ideas claras que están gustando a la gente que lo visita. Fíjense que triunfe algo tan moderno como un típico patio andalusí.
Castilla La Mancha.- donde un quijote virtual nos recuerda verdades como puños en torno a los trasvases (qué envidia que en el macropabellón de Aragón no se atrevan y se queden en la típica y tópica representación, video de Saura incluido).
Bien, no se quejarán, que les he hecho una guía rápida para triunfar en la Expo. ¡Ah!, y no se dejen engañar con historias como que la cerveza más barata la venden en Lituania. La mejor y más económica, en los quioscos. Se lo digo yo, que en mis visitas he bebido unos cuantos litros.

jueves 24 de julio de 2008

Vida


La vida es algo maravilloso. Los deshechos de unos seres vivos son la vida para otros. Cómo si no comprender esta imagen. Unas mariposas multicolores encuentran los nutrientes que necesitan en la deposición de algún otro bichejo; quizá una vaca, quizá otro mamífero, de la que exraen con sus trompas chupatodo nitrogenados alimentos con los que preparar sus vuelos en el corto verano pirenaico.

La imagen está tomada el pasado lunes en el Valle de La Ripera, en Panticosa, en pleno Pirineo Aragonés. Un valle precioso, plagado de flores que anuncian la tardía primavera de finales de julio. Un valle colgado a casi 2.000 metros de altitud en las faltas de Tendeñera, a un paso del Valle de Otal.

En la excursión pude disfrutar también con los sarrios y las marmotas, con las pequeñas plantas crasas que aprovechan los resquicios de la roca caliza para arraigar y florecer, con las plantitas carnívoras que segregan un pegajoso líquido en sus hojas que adhiere pequeños insectos qus digerirá poco a poco -todo menos la quitina de sus partes más duras, que será convenientemente limpiada por otro animalico en perfecta simbiosis-, con la orella d'onso (ramonda myconi) vestigio del clima tropical que en otra época imperó en estas montañas.

En estos días de Expo y en medio del territorio de las estaciones de esquí, el Valle de La Ripera nos ofrece un atractivo más que estudiado: el milagro de la vida que cada año nos regala la madre naturaleza.

viernes 18 de julio de 2008

El diario gráfico de la Expo 2008


Hola a todos:

Tiempo después de mi última incursión y cuando mis ocupaciones me permiten regresar al blog, quiero saludarles con una nueva sección: el diario gráfico de la Expo 2008. Esta bonita e interesante sección tratará de llevar hasta el último rincón del planeta esas imágenes hermosas y cosmopolitas que este verano estamos teniendo en la tierra noble, en este Aragón irredento donde se mezclan mil y una cosas.

Comenzamos esta sección con esta instantánea captada en el oásis de los hudíes, en pleno desierto zaragozano, en las estepas del Valle del Ebro. Un ciudadano yemení, que ha dejado todo su rebaño de camellos pastando en las puertas del lugar, sacia su sed antes de seguir enfrentándose al tórrido calor. Tras él, dos lugareños venidos de las lejanas tierras del Jalón, donde los bereberes dejaron su huella en forma de azudes, adores y domasquinos o alberjes, esperan su turno para el trago reparador con el que afrontarán el recorrido vespertino. El ciudadano yemení se toca de su turbante y su daga curva mientras que los jalonenses tapan sus cabezas con un pañuelo herencia del turbante y se tocan con palos floridos.
Seguiremos informando.

domingo 8 de junio de 2008

Exvotos




Si no fuera porque soy tan descreído, en determinadas ocasiones me dejaría llevar por el misticismo y hasta creería en dios. Existen determinados lugares capaces de obrar ese milagro y tornar en creyente al descreído. Uno de esos sitios se encuentra en las cercanías de Huesca, en dirección a Ayerbe y a tiro de piedra de esa maravilla de castillo románico de Loarre. Se trata de la ermita de la Virgen de la Fuente de Aniés, a la que hay que llegar después de unos kilómetros de mala carretera, otros de pista forestal y una ascensión por una inverosimil senda que trepa por un paredón vertical hasta la parte alta. Allí, como colgada del abismo, se ubica la ermita, con restos románicos, y la casa que acoge aún hoy a los romeros de los pueblos cercanos cuando suben a ver a la virgen. Ese paraje tiene algo de mágico y puedo jurarles que una noche de acampada a sus pies ocurrieron sucesos plagados de aura misteriosa que no pueden en modo alguno achacarse a los efluvios del alcohol.


Hay que subir, disfrutar del sendero, del pinar, del frescor del bosque, de las flores, de las vistas desde arriba, del planear de los buitres por debajo de donde nos encontramos. De todo ello, pero sin olvidar lo más importante: asegurarse de que cuando subimos está el guarda para abrir la puerta y que podamos contemplar su interior. Acceder a él sobrecoge ya cuando descendemos la escalera para llegar a la puerta. Dentro, la magia se mezla con la humedad y el olor a cera en una amalgama de sensaciones telúricas. Pese a ir acompañado del numeroso grupo de visitantes, uno parece sentirse solo ante dios. Hay que ver esas figuras protectoras, esos suelos y paredes embaldosados, las pinturas populares entremezcladas con manchas de humedad; todo ello, pero sobre todo, los exvotos que cuelgan de la pared cercana al altar mayor en pos de agradecer a la virgen su intercesión en los más variados pleitos. Cuando observo las trenzas de pelo, los brazos y piernas de cera, las cintas y otras prendas dejadas en ofrenda a la virgen, pienso en lo milagrosa que debió de ser para motivar a esas personas a dejar una parte de sí en agradecimiento. Yo, que de niño me tragué una gran llave que me costó estar un día entero a dieta de espárragos y sentado en un orinal, hasta que cagué el objeto metálico, sé que mi madre llevó la dichosa llave -convenientemente limpia- a San Blas en agradecimiento por no haber dañado mi garganta en el trance. Pero de ahí a cortarse las largas y morenas trenzas que tardaron años en crecer...

Lo dicho, cuando pasen cerca de estas tierras, suban a Aniés y disfruten de una sensación espiritual única a prueba de ateos como yo.

lunes 26 de mayo de 2008

cementerio


Cuando llega a según que edad, a uno le da por pensar en qué hará cuando fallezca, con qué excentricidad demostrará ser diferente al resto de los mortales y si optará por la incineración y la consiguiente ceremonia de esparcido de cenizas en no sé qué lugar extraño o si buscará cualquier otro modo de pasar la última etapa.
Reconozco que no es la primera vez que me planteo semejante dilema, pienso en el modo y en el epitafio. Pero hete aquí que buscando una foto para poner en el blog y satisfacer al amigo Arkab y sus ansias de instantáneas, me aparece esta imagen captada en el cementerio -o camposanto, como nos gusta decir por aquí- de Purujosa. ¿Hay algo más sencillo que una simple losa puntiaguda sin inscripción alguna para recordar a un finado? Yo creo que no, máxime si el cementerio en cuestión se abre a un hermoso precipicio entre montañas que da a la vega del Isuela, en la cara sur del Moncayo.
Por eso, ya lo tengo decidido: cuando muera, quiero un sencillo entierro, en un lugar sencillo, sin adornos superfluos y sin fastos en mi recuerdo. Que crezca la hierba sobre mis restos, que críen malvas mis magras carnes, que alimente a los gusanos mi cadáver putrefacto. Qué mejor modo de fundirse con la naturaleza y renacer de nuevo.