10:02 by
Nianankoro
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Mi contador indica que se han superado las mil visitas -que no los mil visitantes- a esta casa rural en la que no se paga por pernoctar ni participar en las tareas agrícolas. Bueno, ¡quién me lo iba a decir cuando empecé! Harry debe de estar orgulloso de mi. Los tres ceros suponen mi graduación como blogero, ya tengo un título: milbloguerista o como leches se llame. Gracias a todos.
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12:48 by
Nianankoro
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En los montes de Mularroya existe un rico subsuelo cárstico horadado por cavidades de lo más diverso. Una de ellas se denomina la Cueva del Árbol por la simple razón de que en su boca aparece un hermoso ejemplar de almez, conocido en Aragón como latonero y en La Almunia como dorono (Celtis australis). Quizá alguna semilla de dicho árbol llegó hasta el fondo de la cueva donde germinó entre el guano de los murciélagos que pernoctan en ella -o quizá debiera decir perdíam, pues se trata de animalitos que duermen por el día- y la humedad de la oquedad. Sea como fuere, por su boca asoma el hermoso ejemplar que está formando una simbiosis perfecta entre la madera en crecimiento y la piedra del borde de la cueva.
En poco tiempo, el hermoso paraje donde se halla dicho árbol y su cavidad acogedora, se verá invadido por la maquinaria que limpia de molestos árboles el vaso de lo que será el futuro embalse de Mularroya. Las máquinas ya han arrasado con varios miles de árboles en las zonas más bajas. Bajo las aguas permanecerán el parque de Mularroya, la ermita de Los Palacios y los hermosos paisajes que el río Grío forma en su tramo más salvaje. Las estacas de lindes están cerca de la cueva. Espero que la inundación y la deforestación no alcancen tan hermoso lugar y que el dorono pueda seguir creciendo en su guarida a salvo de los depredadores del hormigón.
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15:55 by
Nianankoro
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Mi abuelo nunca conoció quién fue Picasso ni leyó el Quijote; mi abuelo no sabía leer. Mi abuelo no tenía biblioteca, no veía cine, no conoció la televisión. A mi abuelo no le sonaba la cara de artista alguno, no leía los periódicos, no tuvo acceso a la escuela. Mi abuelo nunca supo nada de las características organolépticas de los vinos, nada de la conjunción de sabores y texturas, de los puntos de cocción; mi abuelo comía la fruta y verdura que él mismo cultivaba, bebía el vino recio de sus propias uvas, las que él mismo pisaba y mimaba para disfrutar de ellas durante todo el año. En casa de mi abuelo no había microondas ni horno, se cocinaba en el fuego, en la paciencia infinita de horas y horas al rescoldo, de cocciones lentas que sacaban el máximo a unos alimentos sanos y naturales. No conoció el agua embotellada, sólo el botijo y el cántaro que se llenaba a diario de la fuente, de esa fuente que mana fresca desde el manantial de la sierra y que puntualmente abastece a mi pueblo. Mi abuelo no era un gourmet, pero gustaba de la buena comida; no era un sibarita, pero le encantaba el buen vino, no era un dandy, pero vestía con dignidad su camisa, su chaleco, su boina... Así era mi abuelo, cantando jotas mientras trabajaba de sol a sol, alegre y dispuesto al trago con los amigos, un hombre feliz. Mi abuelo murió de viejo, como antes morían la mayoría, de viejo y en su casa, rodeado de su gente, la misma que siempre le quiso, la misma a la que él amo y por la que luchó. Mi abuelo era un ignorante, un iletrado, un inculto y un paleto, pero era feliz.
Yo leo, escucho músicas, voy al cine, cato vino, manejo ordenador y hasta tengo un blog en el que suelto mis tontadas de vez en cuando, pero a veces, cuando reflexiono con profundidad, envidio a mi abuelo y pagaría por su ignorancia.
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