bajo mi boina

¡Ay mi boina! que esconde vergüenzas y calienta ideas. Pasen y vean, que comienza la función.

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Si no fuera porque soy tan descreído, en determinadas ocasiones me dejaría llevar por el misticismo y hasta creería en dios. Existen determinados lugares capaces de obrar ese milagro y tornar en creyente al descreído. Uno de esos sitios se encuentra en las cercanías de Huesca, en dirección a Ayerbe y a tiro de piedra de esa maravilla de castillo románico de Loarre. Se trata de la ermita de la Virgen de la Fuente de Aniés, a la que hay que llegar después de unos kilómetros de mala carretera, otros de pista forestal y una ascensión por una inverosimil senda que trepa por un paredón vertical hasta la parte alta. Allí, como colgada del abismo, se ubica la ermita, con restos románicos, y la casa que acoge aún hoy a los romeros de los pueblos cercanos cuando suben a ver a la virgen. Ese paraje tiene algo de mágico y puedo jurarles que una noche de acampada a sus pies ocurrieron sucesos plagados de aura misteriosa que no pueden en modo alguno achacarse a los efluvios del alcohol.


Hay que subir, disfrutar del sendero, del pinar, del frescor del bosque, de las flores, de las vistas desde arriba, del planear de los buitres por debajo de donde nos encontramos. De todo ello, pero sin olvidar lo más importante: asegurarse de que cuando subimos está el guarda para abrir la puerta y que podamos contemplar su interior. Acceder a él sobrecoge ya cuando descendemos la escalera para llegar a la puerta. Dentro, la magia se mezla con la humedad y el olor a cera en una amalgama de sensaciones telúricas. Pese a ir acompañado del numeroso grupo de visitantes, uno parece sentirse solo ante dios. Hay que ver esas figuras protectoras, esos suelos y paredes embaldosados, las pinturas populares entremezcladas con manchas de humedad; todo ello, pero sobre todo, los exvotos que cuelgan de la pared cercana al altar mayor en pos de agradecer a la virgen su intercesión en los más variados pleitos. Cuando observo las trenzas de pelo, los brazos y piernas de cera, las cintas y otras prendas dejadas en ofrenda a la virgen, pienso en lo milagrosa que debió de ser para motivar a esas personas a dejar una parte de sí en agradecimiento. Yo, que de niño me tragué una gran llave que me costó estar un día entero a dieta de espárragos y sentado en un orinal, hasta que cagué el objeto metálico, sé que mi madre llevó la dichosa llave -convenientemente limpia- a San Blas en agradecimiento por no haber dañado mi garganta en el trance. Pero de ahí a cortarse las largas y morenas trenzas que tardaron años en crecer...

Lo dicho, cuando pasen cerca de estas tierras, suban a Aniés y disfruten de una sensación espiritual única a prueba de ateos como yo.



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