bajo mi boina

¡Ay mi boina! que esconde vergüenzas y calienta ideas. Pasen y vean, que comienza la función.

Vida (0)

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La vida es algo maravilloso. Los deshechos de unos seres vivos son la vida para otros. Cómo si no comprender esta imagen. Unas mariposas multicolores encuentran los nutrientes que necesitan en la deposición de algún otro bichejo; quizá una vaca, quizá otro mamífero, de la que exraen con sus trompas chupatodo nitrogenados alimentos con los que preparar sus vuelos en el corto verano pirenaico.

La imagen está tomada el pasado lunes en el Valle de La Ripera, en Panticosa, en pleno Pirineo Aragonés. Un valle precioso, plagado de flores que anuncian la tardía primavera de finales de julio. Un valle colgado a casi 2.000 metros de altitud en las faltas de Tendeñera, a un paso del Valle de Otal.

En la excursión pude disfrutar también con los sarrios y las marmotas, con las pequeñas plantas crasas que aprovechan los resquicios de la roca caliza para arraigar y florecer, con las plantitas carnívoras que segregan un pegajoso líquido en sus hojas que adhiere pequeños insectos qus digerirá poco a poco -todo menos la quitina de sus partes más duras, que será convenientemente limpiada por otro animalico en perfecta simbiosis-, con la orella d'onso (ramonda myconi) vestigio del clima tropical que en otra época imperó en estas montañas.

En estos días de Expo y en medio del territorio de las estaciones de esquí, el Valle de La Ripera nos ofrece un atractivo más que estudiado: el milagro de la vida que cada año nos regala la madre naturaleza.



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Hola a todos:

Tiempo después de mi última incursión y cuando mis ocupaciones me permiten regresar al blog, quiero saludarles con una nueva sección: el diario gráfico de la Expo 2008. Esta bonita e interesante sección tratará de llevar hasta el último rincón del planeta esas imágenes hermosas y cosmopolitas que este verano estamos teniendo en la tierra noble, en este Aragón irredento donde se mezclan mil y una cosas.

Comenzamos esta sección con esta instantánea captada en el oásis de los hudíes, en pleno desierto zaragozano, en las estepas del Valle del Ebro. Un ciudadano yemení, que ha dejado todo su rebaño de camellos pastando en las puertas del lugar, sacia su sed antes de seguir enfrentándose al tórrido calor. Tras él, dos lugareños venidos de las lejanas tierras del Jalón, donde los bereberes dejaron su huella en forma de azudes, adores y domasquinos o alberjes, esperan su turno para el trago reparador con el que afrontarán el recorrido vespertino. El ciudadano yemení se toca de su turbante y su daga curva mientras que los jalonenses tapan sus cabezas con un pañuelo herencia del turbante y se tocan con palos floridos.
Seguiremos informando.



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