Cuando yo era pequeño, en mi casa había una tele en blanco y negro. Telefunken, creo recordar. No todas las casas del pueblo tenían tal lujo; bien al contrario, éramos unos privilegiados por tener un padre que entre otras cosas se dedicaba a instalar y arreglar televisores. Así, era frcuente que cada vez que había partidos de fútbol, corridas de toros u otros acontecimientos televisivos, el comedor de casa se llenase de vecinos y parientes que venían a verla.
Unos primos hermanos de mi padre, gentes de campo llenas de buena fe, venían cada noche a ver la teleserie o la película de turno. Mi padre no cesó ni una sola vez de gastarles la misma broma, con la que siempre picaban. Llegado el primer intermedio, mi padre decía:
-Bueno, ya se ha acabado.
Acto seguido, mi tía decía a su marido.
-Vámonos, Esteban.
Creo que no dejó de picar una sola vez.
Pasaron los años y comenzaron a salir las primeras teles en color. Mi padre nos contentaba convirtiéndo nuestra tele en una de color con el simple aditamento de un papel de celofán. Así teníamos tele en color que cambiaba de color a nuestro antojo.
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