Hay a quien le gusta tener mascotas. A mí siempre me ha gustado compartir mi mundo con los animales pero de un modo diferente. No concibo una jaula o una correa para sujetar las ansias de libertad de una mascota. Es por ello que cuando vivía en mi pequeño piso y una pareja de aviones comunes ancló su casa de barro sobre el alfeizar de mi ventana me alegré sobremanera. Cada día, mientras trabajaba, veía a tan acrobáticas aves salir y entrar en vuelo rasante tras la intimidad de mi mosquitera.
Al mudarme a mi nueva casa, en la que dispongo de un pequeño jardín, los pájaros campan a sus anchas entre las ramas de los árboles. En los últimos tiempos me he acostumbrado a echarles de comer: unas miguitas de pan, un poco de alpiste... Ellos, agradecidos, vienen hasta la terraza y devoran su ración dejándose a cambio fotografiar confiados.

Mi sorpresa de los últimos días ha sido que una pareja ha vuelto a establecer su morada en mis dominios. Se trata de una pareja de carduelis cannabina o pardillo común, una pequeña ave de la familia de las cardelinas o jilgueros. Según dicen las crónicas, acostumbra a construir su nido en matorrales, cosido a sus ramas. En mi casa, a falta de matorral, han edificado su adosado entre las ramas de un Cupressus macrocarpa o goldcrest.
El nidito, primorosamente tejido, en el que uno puede sentir el calor de esa madre soportando cierzos y lluvias mientras protege a sus retoños, albergaba cuatro pequeños huevos. Cada vez que bajo a visitarlos, la madre vuela hasta un árbol cercano y me observa mientras yo hago lo propio con su familia. Voy con miedo, temiendo que asustada los abandone, pero no puedo resistirme a visitar a mis nuevos vecinos.
Un día, en mi rutinaria visita, descubrí cómo los huevos se habían convertido en un amasijo de plumón. El milagro se consumó y he esperado unos días antes de fotografiarlos, cuando los pollos ya muestran sus picos color carmín y los abren en una competición frenética por llamar la atención.
Mientras trabajo en mi buhardilla, la vista se me va de cuando en cuando hacia abajo, y observo los vuelos de la pareja, y los imagino trayendo granitos de semilla, regurgitando papilla de su buche en las boquitas hambrientas, soñando con el momento en el que echen a volar. Y veo las cabriolas de estos y otros pájaros que tienen a bien regalarme con su presencia en mi casa. Sed bienvenidos. Aquí encontraréis cobijo y amistad de quien aprecia vuestra compañía. Solo os pediré paciencia cuando me veáis invadir vuestra intimidad en pos de una foto; es mi curiosidad innata que me empuja.
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