Cada noche, cuando las luces comienzan a disolverse en el cielo y la brisa se torna fresca, me gusta sentarme en mi terraza y mirar al cielo. Parece como si estuviera frente al televisor viendo uno de esos documentales de naturaleza. La sucesión es siempre la misma y las aves tienen distribuido el espacio aéreo según unas pautas marcadas, sin necesidad de controlador. Los gorriones, palomas, picarazas, tórtolas turcas y demás pajarillos que durante el día han deambulado por aquí en ruidosa marabunta, dejan paso a los aviones y golondrinas que realizan sus vuelos acrobáticos buscando merendarse a cualquier insecto volador que se atreva a desafiar su espacio. Sus alas arqueadas les impulsan entre chillidos agudos y estridentes mientras dan buena cuenta del plancton aéreo que les alimenta. Pasada la hora mágica del crepúsculo, cuando las tonalidades cálidas del atardecer comienzan a amalgamarse con los fríos azulados de la noche, llega el turno a otros voladores, en este caso mamíferos. Los murciélagos de las diferentes cuevas de los alrededores abandonan su fresco y oscuro refugio y se aventuran al territorio del ser humano. Las sombras se alían con ellos, ilustres ciegos, y les permiten realizar sus arriesgados vuelos entre quiebros para alimentarse. Me gusta detenerme, en el silencio de la noche recién llegada, antes de dar la luz de la terraza, para observarlos con detenimiento, sin apenas hablar para no interferir en su espectáculo. Pasado el tiempo, se marchan como llegaron, callados, sin alboroto. Es el momento de encender la luz y comprobar como las salamanquesas surgen por doquier desde sus refugios diurnos y se aprestan a la caza de bichitos de todos los colores que, atraidos por la luz artificial, acuden a la cita. Así es cada noche, así me gusta que sea.
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